Siguiendo con razón la correcta (fitri)
Volvamos ahora a la razón, pero esta vez a la correcta razón que responde a Dios y a la verdad, en lugar de rebelarse contra ambos.
Lo primero que descubrimos al reflexionar, y debemos descubrir, es que solo Aquel que nos dio la vida podía darle su valor. Si admitimos el absurdo de que no existe tal fuente y que la vida es un mero accidente ciego, entonces no puede haber valor: no hay motivos para el bien o el mal, ni para lo correcto e incorrecto. Dicho de otro modo, si no hay Dios, no puede haber ética, porque la ética es fundamentalmente un ejercicio de búsqueda de Dios.
Él bien supremo es, entonces, Dios. La revelación divina completa los detalles de esta línea natural de razonamiento. Siendo Dios el Creador y Sustentador de toda la vida, la única vida que vale la pena vivir es la que busca al Creador. Él Creador, y este es el mensaje más central de todas las religiones reveladas, no es una fuerza ciega. Lejos de ser una energía sin nombre o una realidad inerte, es un ser con voluntad, que conoce y ama Su creación, y ama lo que es bueno. Todas las acciones buenas deben buscar (complacer) a Dios, o de lo contrario no pueden ser buenas.
La vida tiene valor, y la moral existe, porque Al-lah Todopoderoso honró al ser humano, e insufló su espíritu en el ser humano para crear la vida [Corán, 15:29; 38:72; 32:9]. Si el espíritu no es más que el soplo, la emanación y el don proveniente de Dios, entonces, ¿qué otra cosa que no sea &Éacute;l podría hacerla feliz?
¿És el mandato de Dios arbitrario o racional y ético? La Shari’a ordena la benevolencia y la justicia
Él relato coránico del mensaje del Profeta subraya su naturaleza racional, en la medida en que Dios ha ordenado hacer lo que la naturaleza humana sabe que es correcto y beneficioso. Dios tiene el derecho absoluto de ordenar lo que quiera, y de hecho había puesto a prueba a ciertas comunidades anteriores con mandamientos que eran simplemente una prueba en lugar de ser buenos o deseables en sí mismos. Tales mandatos fueron eliminados de la Ley perfecta dada al Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, perfeccionándola así: {[el Profeta] que les ordena el bien y les prohíbe el mal, les permite todo lo beneficioso y solo les prohíbe lo perjudicial, y les abroga los preceptos difíciles que pesaban sobre ellos [la Gente del Libro]. Y quienes crean en él, lo secunden, defiendan y sigan la luz que le ha sido revelada, serán los bienaventurados"} [ Corán 7:157].
Ésta aleya hace la grandiosa declaración de que la Shari’a dada al Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, el estándar de lo que está bien y lo que está mal ante Dios, es accesible a la naturaleza humana, y que su norma es eliminar las cargas arbitrarias y facilitar una buena vida.
Hemos señalado anteriormente que los eruditos musulmanes clásicos han discrepado sobre si las verdades éticas son accesibles a la razón humana sin ayuda de la revelación. Todos los eruditos están de acuerdo sobre la naturaleza razonable y beneficiosa del mandato divino, pero es pertinente reproducir aquí este desacuerdo teórico sólo para ayudarnos a recordar cuán profunda y hondamente debatieron nuestros eruditos la filosofía ética al servicio de la revelación de Dios. De las cuatro escuelas teológicas, tres: los tradicionalistas, maturidiya y mu’tazila, sostenían que las verdades éticas son efectivamente conocidas por la razón humana, mientras que una, la asha’ira, no estaba de acuerdo. Los asha’ira no negaban que la razón humana pudiera conocer lo que es beneficioso o perjudicial, pero diferenciaban eso del conocimiento de lo que es bueno o malo en el sentido de incurrir en recompensa o castigo por parte de Al-lah en la otra vida. Para salvaguardar la omnipotencia divina, sostienen que no existe ningún orden del bien o del mal antes y aparte de la revelación de Dios, en la que Al-lah, el Altísimo, ordena y prohíbe libremente según Su voluntad. Otros sostienen que el conocimiento que Al-lah ha puesto en la naturaleza humana y accesible a la razón humana está de acuerdo con las normas reveladas, aunque todos están de acuerdo en que, en caso de percibir un desacuerdo, las normas reveladas explícitas tienen una superioridad indiscutible. La diferencia, por tanto, solo es importante en los casos en que la revelación no dice nada, y esos detalles están fuera del alcance de nuestro ensayo. Baste decir aquí que los asha’ira, al igual que el Imam Al Ghazali, no cuestionan que las normas legales islámicas en forma de la Shari’a sean realmente beneficiosas y, por tanto, racionales. Todas las escuelas, entonces, están efectivamente de acuerdo en que la ley de Al-lah es beneficiosa y racional en esta vida y es el parámetro de éxito o fracaso en la otra vida. Él Imam Ibn Al Qaiem resume con fuerza la escuela tradicionalista: “Én verdad, la Shari’a se basa en la sabiduría y el bienestar de los siervos en esta vida y en la otra. Én su totalidad es justicia, misericordia, beneficio y sabiduría. Todo asunto que abandone la justicia por la tiranía, la misericordia por la crueldad, el beneficio por la corrupción y la sabiduría por la insensatez no forma parte de la Shari’a aunque se haya introducido en ella a través de una interpretación” .
Ésto significa que incluso más allá de los mandatos y prohibiciones explícitas de Al-lah, que captan la esencia de toda bondad y prohíben la esencia de todo lo que es malo, los eruditos amplían el significado racional a través de la analogía y considerando los propósitos y objetivos de la ley. Éste es el ámbito de la jurisprudencia, el Fiqh.
Pero incluso más allá del Fiqh, es necesario entrenar las intenciones y los hábitos a través de la reflexión interior, el entrenamiento (tarbia) y la purificación interior (tazkiya), la reforma de los hábitos y la evaluación racional de nuestras acciones para incrementar los actos de caridad que quedan en el Fiqh como meramente recomendados o neutros.
Ünas 200 veces, Al-lah nos ordena “hacer buenas acciones” en el Corán sin especificar una forma o un grupo de destinatarios concretos. Al-lah no restringe las “buenas obras” a la realización de una serie de mandatos o rituales de culto específicos.
Él Corán y el modelo profético no dejan lugar a dudas de que se nos alienta a ser buenos con todos en todos los sentidos, a realizar buenas obras por amor a Dios sin esperar gratitud o recompensa mundana, como dice Dios de los piadosos: {Dicen: “Les damos de comer simplemente porque anhelamos el rostro de Dios. Én realidad no esperamos de ustedes retribución ni agradecimiento”} [Corán 76:9].
Numerosas aleyas dejan claro que las buenas obras no se limitan a ser dirigidas a los musulmanes, ni están condicionadas a que alguien acepte el Islam; el Corán habla específicamente de la caridad y la benevolencia que se debe demostrar a los padres aunque no sean musulmanes, a los parientes y a los necesitados. Las buenas obras en el Islam tampoco se limitan a beneficiar a los demás en la otra vida; se nos pide que demos consuelo y mostremos compasión a la simple existencia terrenal de los humanos e incluso de los animales. Dios es bueno y compasivo y ama la benevolencia y la compasión y nos recompensa por cada acción sincera que hagamos, siempre que esté en concordancia con la guía profética.
Én otras palabras, como creyentes debemos tratar de hacer, amar y convertir en hábito todo lo que es bueno, empezando por los deberes, pero yendo luego más allá de lo que se indica explícitamente en la revelación divina y de lo que se encuentra en las normas del Fiqh. Éste es precisamente el ámbito de la ciencia del ajlaq y las disciplinas relacionadas de purificación espiritual y ética a las que nos dirigimos en los restantes ensayos de esta serie.
La adoración de un Dios único como primer imperativo ético
Volviendo al concepto con el que comenzamos, reiteramos que la amplitud de buenas acciones a la que insta el Islam se construye sobre un fundamento ineludible, sin el cual el concepto del bien se vuelve incoherente, y sin el cual el amor humano natural por la rectitud y la bondad que Dios pone en el carácter de todos Sus siervos en diferentes formas, se corrompen. Ése fundamento es el reconocimiento y la sumisión a la Verdad Suprema, Al Ḥaqq, Al-lah. Cuando no se fundamentan en la Verdad Suprema, las buenas acciones se convierten en cenizas [Corán 14:18].
Para entender esto, debemos reconocer que el Islam no es más que lo correcto frente al Creador. Como tal, el Islam es una forma de vida moral por excelencia, que no exige simplemente el apaciguamiento de una deidad para satisfacer nuestras necesidades seculares, sino una respuesta total al único Dios verdadero, que, en la inminente vida eterna después de la muerte, recompensa a los buenos y castiga a los malos. Sin embargo, la asociación de la religión y la adoración a la moralidad se ha perdido en muchos pueblos, pasados y presentes, que adoran a sus deidades y realizan ejercicios o rituales espirituales no por razones morales como la participación en la verdad y la expresión de gratitud, sino para satisfacer sus necesidades seculares, que van desde el antiguo deseo de tener hijos y buenas cosechas, hasta las preocupaciones modernas de alivio del estrés, la obtención de calma y equilibrio. Los eruditos seculares especulan con que el terror a la muerte, lo gran desconocido y el deseo humano de apaciguar las fuerzas tumultuosas de la naturaleza han sido los principales impulsos de la religiosidad a lo largo de la historia. Én realidad, estos sentimientos no son más que los signos y recordatorios que Al-lah ha puesto en este mundo y en nuestros corazones en forma de un impulso primordial de perfección y eternidad, que en otras palabras es el impulso de Dios. La perversión de este impulso es la forma en que Satanás engaña a los humanos, como hizo con nuestro padre Adán: una promesa de eternidad y perfección angelical [Corán 20:120; 7:20].
Él primer capítulo del Corán, Al Fatiḥa, nos expone tres hechos primordiales antes de abordar nuestro instinto de adoración y búsqueda de ayuda: que Al-lah es merecedor de alabanza porque es el más Misericordioso (Ar-Raḥman, Ar- Raḥim), el Sustentador de todas las cosas (Rabb), y el Soberano del último juicio moral. Solo entonces se nos enseña a dedicar nuestra adoración a &Éacute;l solamente, y a no acudir a nadie excepto a &Éacute;l en busca de ayuda, pues solo &Éacute;l merece ser adorado y suplicado. La idea de derecho o merecimiento (ḥaqq) es una idea fundamentalmente moral. Él capítulo termina con una ferviente súplica para pedirle a Al-lah que nos guíe por el camino correcto, de nuevo un concepto moral. Como humanos, necesitamos protección y consuelo, pero el instinto de sentirnos seguros asegurándonos el placer del Poder Supremo se intercala en este capítulo entre dos imperativos morales igualmente primarios. Él primero es reconocer la grandeza y la misericordia del Creador y Soberano (basado en las virtudes de la observación abierta, la veracidad y la gratitud), y el otro es pedir a ese Soberano Poderoso la rectitud moral y la guía.
Él Islam, por lo tanto, se ocupa ante todo de la verdad moral, del bien y del mal: uno debe someterse y adorar solo al único Dios verdadero y seguir al último Mensajero elegido por Dios. A diferencia de la visión secular del mundo que lo ha vaciado de significado y belleza, el Islam no separa el sentido de la existencia del propósito de la misma, sino que estas dos cuestiones deben plantearse y responderse conjuntamente. Separar el propósito y el sentido de la vida es la esencia del secularismo, y una vez que se separan ambos, los intereses seculares inevitablemente se apoderan y manipulan el propósito moral de la existencia. Én otras palabras, no podemos dar la vida por sentada, decidiendo la mejor manera de vivir según nuestros deseos y opiniones, relegando la cuestión del propósito y el sentido de la vida a la intimidad de nuestros hogares y templos. Por el contrario, declaramos desde el principio que el Creador creó la vida con un propósito y que el cumplimiento de ese propósito es el fundamento de toda ética y verdad, pública y privada.
¿Por qué, entonces, permite Dios que los que Lo niegan, desde los faraones del antiguo Égipto hasta el Occidente colonialista y las actuales potencias mundiales que someten a los demás sin cesar, prosperen y dominen la Tierra mientras los creyentes que se aferran a la verdad de Dios sufren? Antes de que la naturaleza verdaderamente inmoral de la modernidad se hiciera evidente, en particular antes de la Primera Guerra Mundial, algunos autores musulmanes ingenuos y frustrados atribuían la superioridad militar de Éuropa a su superioridad moral. Éste razonamiento derrotista es evidentemente falso. Él Corán habla de muchas luchas de este tipo. Los israelitas fueron el pueblo de Dios que repetidamente fueron reprendidos a manos de poderosos incrédulos que tenían el poder, cuando fallaron en defender el mensaje de Dios y rechazaron partes de las enseñanzas divinas que les resultaban inconvenientes [Corán 2:85].
La paciencia de Dios es incomparablemente superior a la nuestra y, por ello, Dios es mucho más paciente con los que son injustos con &Éacute;l que con los que son injustos entre sí, aunque lo primero sea un pecado mayor que lo segundo. Éste es el significado del famoso dicho de los eruditos de que “Dios da tregua a los incrédulos que poseen la virtud de la justicia, pero no a los creyentes que son injustos entre sí”. Porque es conveniente que los que poseen la guía de Dios sean tomados en cuenta en este mundo para recordarles que deben cumplir su deber hacia Dios y hacia la humanidad, y que a los que no tienen acceso al mensaje de Dios se les dé tiempo hasta que el mensaje les llegue. Y Al-lah sabe más.
Mirando al futuro
La lucha por fundamentar nuestras decisiones vitales en un profundo sentido del bien y el mal, la ética o ajlaq, y por afianzar esas normas éticas en la guía revelada, nunca ha sido más urgente en un mundo dominado por el consumismo secular y la gratificación instantánea. Nuestros urgentes planteos sobre si necesitamos la revelación para ser buenos, si las antiguas reglas del Fiqh son solo normas anticuadas y por qué no debemos limitarnos a seguir lo que nos parece correcto según las normas contemporáneas, se derivan del conjunto más general de preguntas sobre la naturaleza y el propósito de la vida y cómo definimos el bien y el mal en primer lugar. Como creyentes en la promesa de Dios de una vida posterior incomparablemente más importante, sabemos que los ritmos morales de nuestras acciones aquí tienen eco en la eternidad. Por lo tanto, comprender correctamente el fundamento y la dirección de nuestra ética es fundamental para determinar no solo nuestro comportamiento en este mundo, sino también nuestro destino en el otro. Lo que es igualmente importante, además de comprender lo que es bueno, es amarlo y hacerlo parte de nuestro carácter.