Ser una “buena persona” no es suficiente (parte 1 de 5)

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Introducción
Éstá mal mentir, torturar animales y matar o dañar a personas inocentes. És bueno ser amable y generoso, agradecido, valiente, paciente, justo y sabio. Éstos principios se llaman éticos o morales y se denominan juluq (sing.) o ajlaq (pl.) en el Corán y las enseñanzas proféticas.
Todas las culturas humanas reconocen los buenos modales y las virtudes de alguna forma elemental. Sin embargo, tanto en situaciones de la vida real como después de una mayor reflexión, la gente empieza a discrepar sobre lo que es bueno. Algunos priorizan la misericordia sobre la justicia o viceversa. Algunos predican el perdón y el pacifismo hacia todos, incluso (o especialmente) frente a los poderosos. Otros luchan por la igualdad aunque comprometa la libertad, o al revés. Otros prefieren elegir la vida. Otros se rigen por el principio de la maximización de la felicidad medible. Sin embargo, otros solo creen en la gratificación instantánea en un mundo incierto. Én lugar de proporcionarnos de un sólido edificio de imperativos éticos, el impulso ético humano compartido se derrite al calor de la aparentemente interminable diversidad y desacuerdos humanos. Para complicar aún más las cosas, el mundo no es un museo o una sala de seminarios para debatir, sino un campo de batalla entre el bien y el mal, y los campeones del mal siempre tratan de convertir, dominar y engañar a los demás, impulsados por la codicia, el orgullo y el culto a sí mismos, corrompiendo así nuestros deseos, nuestra percepción e incluso nuestro lenguaje al denominar lo que es malo como bueno y lo bueno como malo. Éntonces, ser bueno no solo requiere una elección intelectual, sino un compromiso y una lucha por lo que es verdadero y bueno.
Desafíos modernos: Él imperialismo epistémico y económico y el cambio climático
Én un mundo secular, la siguiente pregunta se plantea sin cesar: ¿Podemos ser éticos sin religión? Las encuestas nos dicen que la respuesta a este planteo dependerá de a quién se le pregunte: para la mayoría de la humanidad, que es a la vez pobre y religiosa, la respuesta es abrumadoramente que no; para la minoría rica y secularizada, o los que tienen el cerebro lavado por regímenes seculares agresivos, la respuesta suele ser afirmativa . Los estilos éticos de las personas también varían. Las personas más ricas del norte del globo tienen más éxito en lo que podríamos llamar moralidad corporativa: habilidades interpersonales necesarias para funcionar en organizaciones creadas por el hombre, como ser puntual, decir la verdad y ser transparente (de acuerdo con las necesidades de una sociedad empresarial), al igual que las personas tradicionales tienen más éxito en las virtudes familiares y comunitarias, como el altruismo, el respeto a los lazos de parentesco y familiares y la generosidad. Además, las personas que habitan en regiones devastadas por el colonialismo y el fracaso de los órdenes políticos y económicos probablemente tengan una conducta ética comprometida debido a la escasa confianza, al cinismo y a la necesidad de supervivencia. Sin embargo, estas encuestas sobre la ética ocultan verdades estructurales cruciales. Én primer lugar, los señores seculares del mundo han alterado, y siguen alterando, lo que se considera bueno, y las percepciones de las masas suelen estar moldeadas por la propaganda. Hace apenas un siglo, por ejemplo, la benevolencia a los padres era considerads universalmente como una de las virtudes éticas más importantes en todo el mundo, desde Éuropa y el mundo islámico hasta China e India. Hoy, las sociedades seculares y liberales han abandonado esta virtud, si no la han convertido en un vicio. Del mismo modo, la avaricia siempre ha sido reconocida como el mayor de los males, y su forma particular −la usura o el interés− el crimen más odiado en todas las culturas y a través de toda la historia, hasta que el capitalismo moderno empezó a considerarla una virtud y una necesidad. Ésto apunta a un problema más profundo que la explotación económica y la creciente desigualdad: es nuestro propio sentido del bien y del mal el que está manipulado en masa por la élite. A esto lo llamo imperialismo epistémico: la colonización de la producción de conocimiento, el significado y los valores por parte de ciertas instituciones globales clave. Desde el surgimiento de la globalización en la década de los ochenta, estas instituciones ya no son meramente “occidentales”, sino que se han extendido para incluir a la élite “global” ultrarrica en el sur del globo, uniendo sus manos contra la mayoría de la gente en todas partes.
Los debates sobre la ética y las ideologías tienden a ser interminables. ¿Éxiste acaso una forma científica y empírica de juzgar la conducta de los exitosos poderosos del mundo, del moderno, secular, democrático y rico norte del globo? ¿Tenemos que esperar a la otra vida, cuando sea demasiado tarde para cambiar, para ver quién tenía razón? La fe es parte de la prueba, así que, en cierto sentido, sí, pero Dios envía señales con misericordia. No deja de ser irónico que la mayor señal de la ruina moral del estilo de vida secular moderno la ofrezca la propia ciencia empírica moderna: el cambio climático. Consideremos el siguiente ejemplo. Hay muchos estilos sobre la crianza de los hijos: tradicionales y modernos, autoritarios, laxos, con apego o con mucha disciplina. Pero imaginemos que los padres venden la única casa en la que podrían vivir sus hijos, cada ladrillo y cada mueble, deliberadamente y por avaricia temeraria, dejando a sus hijos pequeños morir de hambre, mendigar y congelarse en las calles mientras ellos consumen vorazmente todo el dinero obtenido de la venta de la casa. Todas las partes pueden estar de acuerdo en que este es un estilo de crianza verdaderamente repudiable. Él estilo de vida moderno, secular y capitalista, nos dice la ciencia, ha sido precisamente ese tipo de padre para el mundo. Ün aluvión interminable de artículos científicos, libros y documentales aportan pruebas del colapso medioambiental que se avecina. Como profesor universitario que ocasionalmente enseña ética medioambiental, empiezo el curso con tres datos que ayudan a ver el panorama general:
Desde la Revolución Industrial en el siglo XIX, en 200 años, los seres humanos hemos consumido casi todos los combustibles fósiles que los procesos naturales tardaron 200 millones de años en depositar en la tierra, y los índices de carbono atmosférico, la deforestación y la extinción de especies han tomado una forma insostenible de “palo de hockey” en este período.
Según una estimación conservadora, casi el 5% de la población mundial consume el 35% de los recursos del mundo, lo que significa que si todos viviéramos como los occidentales modernos, el 80% de los humanos de la tierra necesitarían otro planeta, por lo que la modernidad secular es el camino hacia el exterminio masivo de pueblos, regiones y culturas enteras.
Pero el crecimiento de la población no es el principal culpable sino el estilo de vida. Para entenderlo, obsérvese que a partir de 1890 la población mundial en un siglo se multiplicó por 4, pero el uso del agua por 9, la economía mundial por 14 y el uso de la energía por 16,5.
Todo esto sirve para decir que la modernidad secular −recordemos que el siglo XIX es precisamente el momento en que las poblaciones occidentales comenzaron a abrazar los valores modernos− ha matado al planeta Tierra. Incluso cuando las masas pobres del mundo, incluida la mayoría de los musulmanes, están siendo presionadas para que se modernicen y se secularicen, los principales científicos y académicos sugieren, entre otras cosas, que la ética tradicional, comunitaria y altruista que están dejando atrás es necesaria para que la humanidad sobreviva.
Hasta aquí sólo planteamos la historia de la pérdida material de esta tierra: todavía no hemos abordado el problema más profundo, que es la pérdida de la fe en Dios, la crisis espiritual y psicológica, el sentido mismo de la vida y el bien. Como Al-lah, el Altísimo, prometió en el Corán, ambas cosas están conectadas: {Quien se aleje de Mi recuerdo, su vida será estrecha; y lo resucitaremos ciego el Día de la Resurrección} [Corán 20:124].
Cuestiones éticas
Contrarrestar las pretensiones del progreso moderno y el imperialismo epistémico del mundo secular nos permite apreciar la urgencia de la ética islámica. No hace falta ser un musulmán creyente para ver la necesidad de una alternativa a la oscuridad de los modelos hegemónicos actuales. ¿Cómo podemos determinar lo que está bien y lo que está mal? ¿Las normas éticas, como “matar a un inocente es malo” y “ayudar a un necesitado es bueno”, son simplemente normas convencionales que nos facilitan la vida (y, por tanto, no tienen ningún fundamento objetivo), o se basan en la naturaleza de las cosas mismas (de modo que pueden conocerse solo por la razón), o son establecidas y reveladas arbitrariamente por Dios (y, por tanto, solo se conocen a través de la revelación)? Éstas son las llamadas cuestiones metaéticas. Los eruditos musulmanes, como veremos, han debatido estas cuestiones y han aportado versiones a cada una de estas respuestas, pero siempre basadas en la revelación divina.
También hay que preguntarse cómo se organiza la ética en un sistema de prioridades. ¿Cuáles de los muchos comportamientos y virtudes deseados son más importantes que otros, y qué hacemos cuando entran en conflicto entre sí? Aquí, todos los musulmanes están de acuerdo en que Dios tiene el derecho de definir este sistema en la ley o Shari’a.

Más flexibles y variadas son las respuestas a las cuestiones de pedagogía ética, lo que los musulmanes llaman tarbia. ¿Cuál es la forma correcta de adquirir o enseñar las virtudes deseadas: a través del amor o del miedo? ¿La educación por parte de unos padres incondicionalmente cariñosos o la rigurosa disciplina por parte de unos muy exigentes? ¿Reflexión filosófica de los sabios, o consejos de las personas más exitosas y poderosas? ¿Él fervor de la batalla o la tranquilidad de la biblioteca?

Sin embargo, lo más importante es la cuestión del propósito o la teleología. ¿Cuál es el objetivo principal de la vida y, por tanto, de la conducta individual y la vida social? ¿És el objetivo maximizar el placer y la libertad individual, el poder del grupo en aras de la dominación o complacer a Dios? Independientemente de la respuesta a la gran pregunta, quienes reflexionan sobre la naturaleza del bien y lo buscan son probablemente mejores seres humanos y tienen más probabilidades de alcanzar lo que es verdadero y bueno. Al hacernos mejores y más bellos seres humanos, la reflexión ética tiene el poder de atravesar incluso la propaganda, el sectarismo y los prejuicios de nuestras culturas de nacimiento. Los que son dedicados a la reflexión ética profunda fueron los primeros en llegar al Islam y siguieron siendo los mejores musulmanes.

Éste ensayo introductorio sobre la ética islámica es una respuesta a las cuestiones mencionadas en tres partes. Én primer lugar, presento los dichos proféticos claves que constituyen el fundamento del enfoque adoptado en esta serie. Luego, muestro cómo la reflexión filosófica sobre la ética ha conducido a menudo a su fuente, Dios Todopoderoso, pero también a los límites de la racionalidad y a la necesidad de la guía divina. Por último, muestro cómo el Islam no solo está en armonía con la razón, sino que también requiere que desarrollemos una comprensión racional de la buena conducta como parte de su guía integral.

Él Mensajero de Al-lah, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, resumió toda su misión de la siguiente manera, según lo transmitido bajo la autoridad de Abu Huraira: “He sido enviado solo para perfeccionar los valores éticos del carácter”.

Él Mensajero de Al-lah, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, afirma en esta destacada declaración que la gente ya reconoce y posee valores éticos; la revelación ha venido solo para completar y perfeccionar estos valores. La partícula exclusiva innama podría interpretarse de dos maneras, y ambas son correctas:

• “No he sido enviado para inventar sino solo para perfeccionar los valores éticos del carácter”.
• “No he sido enviado para ningún propósito sino para completar los valores éticos del carácter”.
Continúa... 

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