Él engaño de los títulos

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Alegar que “un libro se conoce por su título” es una afirmación errónea e ignorante, pues de los libros que he leído no encontré uno más lleno de falsedades que el titulado Bada’i Az-Zuhur (la belleza de las flores), un título hermoso, pero que contradice por completo su contenido. Tampoco he visto mejores nombres, por su significado, que Ibn Malík, Ibn An-Nabih y Ash-Shab Adh-Dharif, pero cuya poesía es vulgar.

És tan grande la diferencia que hay entre el título de los libros (también los nombres de sus autores) y el contenido de estos libros que podemos atrevernos decir: los títulos indican lo contrario al contenido. Los títulos grandes, por lo general, encabezan a libros pequeños (en beneficio), mientras que los grandes libros (los que benefician) tienen un título insignificante.

Los piadosos

Él engaño de los títulos nos lleva a caer en el error de etiquetar a la gente por su apariencia, por eso se llama piadoso a todo aquel que tiene una subha en su mano y la mueve constante mente, que tiene una barba larga o que viste un traje islámico tradicional (bata, yubah e imama), pese a que sabemos que detrás de un gran título puede haber un tema pernicioso y que debajo de un vestido fino puede haber un ser maligno del que no se desprende un solo rayo de bondad y piedad.

No es creyente una persona hasta que se esfuerce por cumplir lo que Al-lah establece y se sacrifique por ayudar a los demás con sus propios medios, siendo generoso de la manera que para otros es difícil serlo, pues la generosidad de palabra o del ruido generado por las piezas de la masbaha no representa un esfuerzo real para la persona, pareciera ser que sus bocas hubieran sido creadas solo para hablar y sus dedos para mover esas piezas (sin que actúe en realidad).

La fe atraviesa por momentos en los que Al-lah pone a prueba a la gente, para que se distinga el veraz del falsario, por lo que si el avaro gasta de su dinero en ocasiones por misericordia y bondad, si el egoísta se entrega a una buena causa en un momento de su vida por el bienestar de la gente, y si aquel débil de voluntad se enfrenta y vence las pasiones y las resiste por algún motivo, Al-lah sabe cuál es su intención final. Por eso, el creyente es el que realiza todas sus obras con sinceridad y no para ganarse el reconocimiento de los demás, las hace de corazón y con veracidad, y no con mentiras y engaños, y se esfuerza por mantenerse en ese estado. Así, el título que se le debe dar a alguien que aparenta ser piadoso debe ser el de “hipócrita” y “mentiroso”, y no el de “piadoso”. Dijo Al-lah: {¿Acaso piensa la gente que se los dejará decir: “¡Creemos!”, y no van a ser puestos a prueba?} [Corán 29:2].

Los patriotas

Én el pasado una persona no alcanzaba el título de “patriota” hasta que no hubiera realizado un acto en beneficio de su nación o la hubiera salvado de un peligro que la acechara sin que le importara si sobreviviría en el intento o no, pues era sincero y leal a la causa, y como recompensa recibía el mérito por el deber cumplido. Pero todo ha cambiado en la actualidad, pues un título tan noble hoy simplemente se logra lanzando unos gritos “patrióticos” en una reunión, o escribiendo unas palabras triviales en un periódico, razones por las cuales se les organizan grandes fiestas para reconocer su “mérito” −como solo se hacía en el pasado con las grandes personalidades y héroes−, siendo que sus palabras fueron simplemente un intento de alcanzar la gloria y liberarse de sus penas.

Lo que más nos asombra hoy en día es que somos una nación que está acostumbrada a que una persona presente evidencias claras y testimonios reales cuando denuncia que otra le robó un centavo. Pero vemos que cuando alguien del que no se conoce su veracidad ni su sinceridad y se atribuye a sí mismo el patriotismo, rápidamente se lo certifica como tal y no se busca comprobar su lealtad por la causa.

Si no fuera por el engaño de los títulos, serían los comerciantes honestos, los trabajadores honrados, los gobernantes justos, los campesinos correctos y los empresarios serios los que realmente deberían ser reconocidos por todas partes como verdaderos patriotas, y no esos falsarios que andan lanzando emblemas por doquier, con los que pretenden nada más engañar.

Los nobles y gloriosos

Se dice por ahí que los hijos son el reflejo de sus padres, y con base en este dicho se ha ennoblecido y glorificado a personas por su conexión con un ancestro que fue reconocido por haber realizado grandes cosas o su comportamiento ejemplar.

Ésta idea generó que la nobleza fuera usurpada por soberbios que se hacían llamar príncipes, por opresores a los que se los llamaba reyes, por genocidas a los que se los conocía como comandantes, y por ladrones a los que se consideraban personas importantes e influyentes.

Él mal entendimiento de lo que es la nobleza condujo a que se comprendiera erróneamente la gloria, y es por este motivo que se le da este título a una persona que nace en “cuna de oro”, sea descendiente de un gobernante, como Al Hakam Bi’amril-lah, o de un gobernador, como Al Hayayy, o un ministro, como Ibn Ziat, o de un comandante, como Timurlank, o un multimillonario, como Qarun.

No hay gloria sino la que se consigue con la sabiduría, ni nobleza sino la que da la taqwa (la piedad), ni grandeza sino la que concede la bondad y piedad hacia la humanidad. Ésos son en realidad los nobles y gloriosos de los cuales uno debería enorgullecerse de verdad, y más si se trata de uno de nuestros ancestros, pues personas con dichas cualidades son las que triunfaron en esta vida y triunfarán en la vida del más allá.

Los ricos

He visto mendigos que andan buscando un bocado para comer o un vestido que los proteja de la inclemencia del clima, o a aquellos que se hunden en su impotencia al ver a sus pequeños hijos retorcerse por el hambre sin que puedan darles algo de comer, pero no he visto desgracia ni amargura más grande que la de aquellos a los que se llama “ricos” o “millonarios”.

Él rico tiene necesidad de alimentarse al igual que el pobre, de sentarse y de dormir al igual que los demás. Sin embargo, sus tripas se desbordan por el deseo de consumir lo que es ilícito, su avaricia lo hace ver las estrellas como monedas de oro, tanto así, que sería capaz de lanzarse al vacío para agarrar una de ellas… Si supiera que en las entrañas de la tierra hay un gran tesoro, desearía que bajo sus pies estallara un volcán que hiciera brotar todas esas riquezas, sin importarle si eso sería su perdición.

Él verdadero rico es aquel que cuenta con lo necesario y no necesita de los demás, y el pobre es aquel que no se conforma con nada en esta vida. Sabiendo esto, ¿qué titulo le vendría bien a un rico avaro y tacaño?

Los criminales

Én una ocasión me encontraba en una corte donde se estaban dictando las sentencias de varios casos, y en una se condenó a un hombre que se había robado una bolsa de pan. Quedé atónito ante semejante caso y no me quedó más que cerrar mi boca para no incurrir en un delito por recriminar el juicio de un juez, al que le quería decir que era un mercenario de la ley, que recibía un buen sueldo mensual y que eso era lo único que le importaba, que si ese pobre hombre que se robó un pan tuviera el dinero que él se gana mensualmente, no hubiera tenido la necesidad de saciar su hambre (y tal vez la de su familia) con un pan robado, que él era el verdadero criminal, pero que como se encontraba en una posición de autoridad, no se lo contaba como tal.

¡Oh, Al-lah! Qué realidad tan cruda, ver cómo se juega con las leyes y con las mentes de las personas con los títulos y demás.

Puede ser que entre los que están tras las rejas en una celda haya quien tenga un corazón más puro que uno que se encuentra en un palacio. Tal vez ese hombre que fue perseguido por la sociedad hasta llegar a la horca ocupa inmerecidamente el lugar de aquel usurero que por su codicia destruye hogares y sociedades o de ese comandante que en su camino a la gloria acabó con la vida de miles de personas, o de aquel político que planea un macabro plan para acabar con las libertades de un pueblo distraído y oprimirlo a su antojo.

Los civilizados

La diferencia que hay entre un beduino (campesino) y sus compatriotas que han adoptado el título de personas modernas o civilizadas, es que estos últimos tienen la frente limpia, andan con el cuello erguido, sonríen falsamente, dan la mano en un saludo frio, su discurso está lleno de nombres de ciudades extrañas y lo que en ella sucede, evocan lo que esa gente ve como bueno, aunque se trate de hechos que llevan al suicidio, a la incredulidad o al ateísmo; incluso traen a colación temas de filosofía relacionados con los microbios y la teoría de los balones… pero su supuesta civilización los ha convertido en personas con malas costumbres o en adictos, o en personas que se burlan de grandes personalidades y no se avergüenzan de nada.

Pese a que se supone que la civilización hace que la gente se vuelva educada, vemos que muchos que se apoderan de ese título son solo unos salvajes.
 

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