¿Qué aprendimos de la pandemia?

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Sin duda, la pasada pandemia del COVID-19 nos marcó significativamente a todos quienes la vivimos y es algo por lo que, estoy segura, nadie quiere volver a pasar; sin embargo, siempre podemos aprender algo positivo de todo lo que nos sucede, y los peores momentos son los que nos enseñan las mejores lecciones. Aún hoy en día muchas personas que son sobrevivientes del virus sufren las secuelas que este les dejó, tanto en su cuerpo como en su mente, en sus recuerdos. Él COVID causó una terrible crisis a nivel mundial, no solo sanitaria, sino también económica y psicológica. Las calles desérticas, las personas evitándose unas a otras, horarios para poder ir al mercado… era surreal, costaba creer que realmente estaba pasando, ver las noticias era como estar viendo escenas de una película del fin del mundo.
Pero aquella enfermedad no solo dejó dolor, miedo y pérdidas de todo tipo a su paso, sino que también nos dejó valiosas lecciones, que tal vez muchos ya sabíamos en teoría, pero han cobrado un significado diferente, real, palpable. Ésta enfermedad hizo que pusiéramos los pies sobre la tierra, que recordáramos lo que verdaderamente importa y reconociéramos lo que verdaderamente somos: seres humanos finitos, frágiles, vulnerables y con una tremenda necesidad de Dios en nuestras vidas.
Vivimos y actuamos como si tuviéramos el control de las circunstancias, hacemos planes convencidos de que los llevaremos a cabo, pero se nos olvida que solo Dios tiene el control y que, en última instancia, depende de &Éacute;l que realicemos o no lo que planeamos. Cuántos planes tuvieron que ser cancelados a causa de la pandemia, cuántos encuentros quedaron pendientes y ya no tendrán lugar jamás… Resulta que no tenemos el control de las circunstancias, resulta que no tenemos asegurado ni siquiera el próximo minuto de vida. ¿No nos demuestra esto que dependemos completamente de Dios y que, queramos o no, estamos sometidos a Su voluntad?
Vivimos nuestras vidas sin preocuparnos por el mañana, sin pensar en que un día llegará el fin de este mundo y tendremos que dar cuentas a Dios por nuestros actos. De pronto un día despertamos y nos dimos cuenta de que nuestra vida corría un peligro y, peor aún, de que la vidas de nuestros seres queridos estaba en peligro, un peligro real, inminente, que realmente estábamos bajo amenaza de muerte.
Y es en este punto que descubrimos que no somos invencibles, que haber pisado la luna, haber descubierto el ADN o haber inventado el acelerador de partículas no nos ha despojado de la fragilidad y la vulnerabilidad. Nos ensoberbecimos por nuestra capacidad de desarrollar la ciencia y la tecnología, por nuestra capacidad para inventar cosas que nos facilitan la vida, y se nos olvidó que esa capacidad nos fue dada por nuestro Creador y que no tenemos el control de nada en realidad. Tenemos tecnología de punta pero no pudimos detener un virus que se desintegra con agua y jabón. ¿No nos enseña esto una lección sobre humildad?
Dice Dios en el Corán: {Dijo [Qarún con soberbia]: “Lo que se me ha concedido es gracias a mi conocimiento”. ¿Acaso no sabía que Dios ya había destruido naciones más poderosas y con más riquezas que él?} [28:78].
Y dice: {[…] De nada les valieron sus riquezas ni su soberbia} [7:84].
La pandemia además nos enseñó, de la forma más cruel, algo que nos ha llevado milenios comprender: que todos somos iguales, pues la enfermedad no hizo distinción alguna, y entró tanto en los palacios europeos y en las mansiones y penthouses “gringos”, como en las chozas africanas y las casuchas de las favelas en Sudamérica. Él virus no discriminó ni por raza ni por color ni por estatus económico. Ésto debe recordarnos lo que Dios nos dice en el Corán: {¡Oh, seres humanos! Los he creado a partir de un hombre y de una mujer […]} [49:13], por lo tanto, tenemos un origen común, Dios no creó seres humanos de primera y de segunda categoría. Todos venimos de un mismo origen y, en consecuencia, somos hermanos en la humanidad… y el COVID nos restregó este hecho en la cara al obligarnos a todos a luchar contra un enemigo común que no veía nuestras diferencias, ¿vamos a seguir viéndolas nosotros?
Han pasado unos pocos años y con tristeza veo cómo todo ha vuelto a la “normalidad”, hemos vuelto a descuidarnos, hemos vuelto a dar por sentadas todas las bendiciones de las que disfrutamos, hemos vuelto a nuestro estado “normal” de inconsciencia, como cuando las aguas en medio del mar se calman y los marineros dejan de clamar a Dios por sus vidas. No esperemos que nos sorprenda otra tormenta para recién buscar a Dios arrepentidos y clamar misericordia. La pandemia fue una gran oportunidad para el arrepentimiento y para buscar a Dios con sinceridad, para reconocer Sus bendiciones y que sin &Éacute;l no somos nada. Ojalá que hubiéramos aprendido de esa experiencia y en adelante seamos capaces de hacer un mundo mejor, que no sigamos defraudando la confianza que Dios depositó en nosotros al ponernos en esta tierra como administradores, no como devastadores, no como opresores unos de otros. Dice Dios en el Corán: {Se puede ver la devastación en la Tierra y en el mar como consecuencia de las acciones del ser humano. Han de padecer [el resultado de] lo que cometieron, quizás así recapaciten} [30:41]. Ojalá que recapacitemos…
 

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