Si llego a Ramadán, ¡Al-lah verá lo que hago! - I

Si llego a Ramadán, ¡Al-lah verá lo que hago! - I
4123 1940

 Tomó asiento en el área preparada para la oración del ‘Id y comenzó a conversar consigo mismo, trayendo a su mente los recuerdos de todo el mes que había pasado tan rápido como si se tratara de sólo un día. Sintió dolor por las noches y los días que habían transcurrido. Lo que lo hizo llorar fue compararse a sí mismo con aquellos que lo rodeaban y darse cuenta de que había un gran abismo entre ellos. Todos ellos habían entrado a la pista el mismo día, y tal vez a la misma hora, pero él se había quedado atrás, se demoró y se durmió tanto que los otros lo habían superado.
Buscó tranquilidad en su memoria pasando las páginas de sus obras durante el mes transcurrido, tal vez encontraría en ellas algo que hubiera pasado y que reparara su espíritu roto. Comenzó a pasar las páginas de las obras piadosas. Abrió la página de la recitación del Corán, y encontró que había sido capaz de leerlo completamente, aunque sólo una vez y con gran dificultad. Había escuchado historias, no sólo las historias de las vidas de los Compañeros del Profeta, que Al-lah esté complacido con todos ellos, y de los predecesores piadosos, que Al-lah los tenga en Su misericordia, sino también las historias de la gente virtuosa que vivía a su alrededor, incluyendo a los jóvenes, algunos de los cuales habían terminado de recitar el Corán completamente cinco, seis y hasta diez veces.
Intentó aliviar su dolor abriendo la página de dar caridad a aquellos a su alrededor o fuera de su país, a aquellos musulmanes afligidos, en especial cuando sabía bien que Al-lah, el Todopoderoso, le había conferido la gracia de la riqueza y la propiedad. Sin embargo, su participación en la caridad, en mantener relaciones buenas y amables, no era apropiada para alguien en su posición. Suspiró y se mantuvo en silencio un momento, reflexionando sobre sus obras una vez más sólo para encontrar que su caridad había estado tristemente ausente en comparación con los bienes que le había concedido Al-lah, el Altísimo. Los necesitados y desfavorecidos sólo habían recibido una pequeña parte de él como ayuda durante este mes, quizás mucho menos de lo que les habría dado una persona pobre a la que Al-lah, el Todopoderoso, había salvado de la mezquindad
Volvió la cara fuera de esta página y trató de ocultar su dolor. Dio vuelta a otra página con la esperanza de hallarse a sí mismo a la vanguardia al menos en un tipo de las muchas buenas obras que una persona puede realizar. Encontró la página de disciplinar sus sentidos y los miembros de su cuerpo para mantenerse alejado de lo prohibido y lo reprobable. En ese momento se sintió avergonzado recordando las muchas noches en las que dio rienda suelta a su vista, sus oídos y su lengua.
Recordó las reuniones en las que él y sus amigos se juntaron para ver programas de televisión, series y películas, que cualquier persona racional, por no hablar de un creyente que teme por su corazón y sus obras, dejaría de ver en cualquier momento, entonces, ¿cómo podía ver esto en el mes de la misericordia y de la complacencia de Al-lah?
Recordó la cantidad de tiempo que había desperdiciado en asuntos mundanos que lo mantenían demasiado ocupado para darle tiempo a la carrera del más allá. Recordó cómo dedicó su esfuerzo, tiempo y dinero en cosas vanas y se alejó de la carrera en la que el éxito está garantizado. El premio de esta carrera es el jardín del Paraíso, la complacencia de Al-lah, el Más Misericordioso, ríos, árboles, doncellas celestiales (las damas del Paraíso) con grandes ojos brillantes, tan bellas como perlas bien custodiadas y preservadas, y la oportunidad de ganar es de 100% para quien tiene la intención sincera y persevera en el camino recto. Sin embargo, es el amor por este mundo lo que lo llevó a rezagarse, a desviarse del objetivo y perder de vista la meta.
Mientras estaba sentado, volvió su rostro y vio a algunos de sus amigos que solían reunirse con él en las tertulias nocturnas durante Ramadán. Ellos vestían sus mejores galas, sus ropas más elegantes, con amplias sonrisas en sus rostros.
Volvió la mirada hacia otro lado y vio en las primeras filas a quienes reconoció por sus diversos actos de adoración. Los vio con alegría y placer fluyendo por sus rostros, y de no haber sido por temor a divulgar sus actos, cada uno de ellos habría dicho, expresando su estado: “Toma, lee mi registro de buenas obras”. Vestían ropas nuevas, igual que sus compañeros. Pero, ¡qué diferentes sus sonrisas y sus ropas nuevas de las de los otros!

 

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