Para la mujer

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La Maternidad: Milagro y Majestuosidad de Al-lah

La Maternidad: Milagro y Majestuosidad de Al-lah
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Al-lah Creó la misericordia y esparció una parte de ella entre todas las madres de la tierra, los seres humanos, los genios y los animales, para que ellas amaran y protegieran a sus hijos, desde el principio de los tiempos hasta el final. Y Él guardó 99 partes de misericordia para Él, para usarla cuando juzgue a los hijos de Adam en el Día del Juicio. Esto fue lo que nos enseñó el Profeta Muhammad, sallallahu ‘alayhi wa sallam.
 
Todas las noches mi bebé de dos meses, Tariq, lloraba hasta el amanecer. Esta era su forma de pedir ayuda. Cada noche se repetía. Los doctores me decían que eran cólicos, pero para mí esto no nada menos que una prueba de fe.
 
Intentaba todo para lograr calmarlo, a veces algo funcionaba, pero luego ya no. Entonces dejé de buscar soluciones al problema y comencé a hacer Du’a (plegarias) desesperadamente: “Por favor Al-lah, necesito ayuda, oh, por favor Al-lah, necesito fuerzas. Dale paz a mi bebé y dame paciencia. Yo no puedo hacer nada sino es por Ti, no tengo ninguna fuerza sino la que Tú me Das. Soy tu humilde sierva y necesito Tu ayuda”. En esos momentos me sentí muy vulnerable, muy débil, muy expuesta y muy afligida necesitando mucho de Al-lah.
 
Tariq continuó gritando, como pidiéndome ayuda: “¡Algo me lastima, mamá, ayúdame!” Lo escuchaba llorar a su impotente madre.
 
En un último intento desesperado, y más por calmarme a mí que a Tariq, comencé a decir el llamado a la oración tan fuerte como pude: “¡Al-lah Akbar…Al-laaaaaahu Akbar!” (Al-lah es el Más Grande, Al-lah es el Más Grande)… Pensé para mí misma: “Al-lah es más grande que esta situación, Al-lah es más grande que este momento de dificultad, Al-lah más grande que esta debilidad que siento”.
 
Aparentemente asustado, Tariq dejó de llorar y me miró. “Ash-hadu an la ilaha il-la Al-lah” (doy testimonio que no existe otro dios sino Al-lah). Entonces, algo se despertó en mí. Recordé las palabras del Corán: “Él es suficiente como auxiliador y Él es suficiente como amigo”. Me detuve silenciosamente por un momento, dándome cuenta de pronto que no estaba sola.
 
Sentí la cabeza de Tariq como si descansara sobre mi hombro, mientras continuaba con mi declaración: “Ash-hadu anna Muhammadan Rasulu Al-lah” (doy testimonio que Muhammad es el Mensajero de Al-lah). Dejé que el profundo significado de esta declaración se hundiera en mi consciencia, ahora más sensible debido a mi nueva humildad encontrada: lista para escuchar, lista para comprender. “Él es el Profeta de Al-lah”, pensé, “y lo que él dijo era verdad, la verdad absoluta. Debo creer en ella sinceramente”.
 
Cuando el Profeta Muhammad, sallallahu ‘alayhi wa sallam, le dijo a un hombre que permaneciera en su casa, como Yihad, para cuidar a su madre, porque “el Paraíso está a sus pies”, eso era verdad; y cuando él le aconsejó a otro honrar a su madre tres veces sobre su padre, eso también era verdad.
Reflexioné sobre el hecho de que tal estatus no puede ser fácil, tal reverencia se gana. Hay honor y privilegio en este esfuerzo. Me estaba uniendo a las filas de algunas de las personas más grandes e importantes de la historia humana. ¡Yo era una madre!
 
“Venid a la oración, venid a la prosperidad”. Las palabras continuaban resonando dentro de mí; la oración era el camino hacia éxito en esta vida. El éxito era la sumisión a la Voluntad de Al-lah. Era la perseverancia, la paciencia y era encontrar en mí misma la fuerza que sólo puede nacer en una prueba. El éxito era descubrir el gran amor que mi corazón era capaz de dar, un amor muy fuerte. Toda la experiencia en sí misma era un éxito y no era una lucha en vano. 
 
Una inmensa ola de tranquilidad había ahogado mi tensión. Las suaves mejillas de Tariq estaban presionadas sobre mi hombro y él estaba profundamente dormido.
 
Miré a mi hijo, mi prueba, mi responsabilidad y el regalo que Al-lah me había confiado y estaba impresionada. Allí, con sus ojos cerrados y sus largas pestañas negras, sus mejillas rosadas y sus labios rojos, supe que él era un milagro, una señal del Creador. Me di cuenta en ese momento que para acercarme más al Misericordioso, tuve que esforzarme para internalizar Sus atributos, tanto como me fue posible, con mi limitada capacidad humana.
 
Este viaje agridulce llamado maternidad me había traído un paso más cerca de la comprensión del Ar-Rahman, Ar-Rahim (el Misericordioso, el Compasivo). Porque sabía que el inmenso amor, ternura y compasión que sentía por mi hijo y todo mi amor incondicional, toda mi entrega sin límites, era infinitamente pequeño comparado con el amor y misericordia de Al-lah por Su creación. Yo era solo una madre, un insignificante punto en la familia de la creación, compartiendo la misericordia concedida a las madres por Al-lah.
 
Reconocer mi pequeñez afloró en mí una epifanía de la grandeza de Al-lah y de la magnitud de Su benevolencia. Él había concedido una parte de misericordia para que todas las madres la compartieran.
 

Sentí tibias lágrimas escaparse de mis ojos mientras susurraba: “Al-lahu Akbar, Al-lahu Akbar, la ilaha il-la Al-lah” (Al-lah es el Más Grande, Al-lah es el Más Grande, no hay otro dios salvo Al-lah), completando el antiguo llamado a la oración, como ha sido recitad por miles de millones antes de mí durante los pasados 1.400 años. En esa noche, sentí que esas palabras fueron dichas especialmente para mí, como una carta personal de un amigo.

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