El califato de Omar (parte 2 de 3)

El califato de Omar (parte 2 de 3)
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Después de la derrota de Buwaib, los líderes persas y los nobles dejaron atrás sus diferencias y movilizaron todas sus fuerzas para servir a su nación hasta la muerte si era necesario.
El general Rustam y Fairuz (Gran Visir del Imperio Persa), por ejemplo, eran los pilares del estado sasánida, pero mantenían una violenta disputa. Ahora, sin embargo, fueron persuadidos para hacer las paces por el bien del imperio persa.
La coronación de Yazdegird, un nuevo emperador, también infundió ánimos a aquellos decepcionados por la situación adversa en todos los campos. Las provincias y ciudades en posesión de los musulmanes empezaron a mostrar signos de agitación y rebeldía. Los cuarteles persas estaban abarrotados de tropas y sus puestos de avanzada y fuertes fronterizos fueron restaurados y mejorados. Varias otras regiones bajo control de los musulmanes estallaron en rebeldía y se levantaron en apoyo a los persas.
El Califa decide encabezar el ejército musulmán
Omar, que Al-lah esté complacido con él, supo de esta nueva situación en el mes de Dhul Qa’da en Medina. Mandó nuevas órdenes a Muzanna Bin Háriza para que todas las tropas se retiraran hacia las fronteras de Arabia. Convocó a las numerosas tribus de Rabi’a y Mudar dispersas por Iraq a que reforzaran el ejército musulmán, que abandonaran las zonas bajo amenaza y se concentraran en las fronteras de Arabia. También dio órdenes a los gobernadores de provincia para que reclutaran y enviaran refuerzos para el combate en defensa del Islam.
Luego, cuando hubo llegado la temporada del peregrinaje, Omar, que Al-lah esté complacido con él, se dirigió a La Meca. Cuando retornó a Medina, la halló rebalsando de tribus árabes venidas de todas partes. Los suburbios de Medina bullían por la cantidad de guerreros voluntarios. Omar, que Al-lah esté complacido con él, confió el comando de la vanguardia a Talha, el comando del flanco derecho a Az-Zubeir, mientras que el flanco izquierdo fue encomendado a ‘Abdurrahmán Bin ‘Awf, que Al-lah esté complacido con todos ellos.
Cuando el ejército estuvo listo, Omar puso a Ali a cargo del califato y salió de Medina en dirección a Persia. En Sirar se ordenó hacer una parada. El hecho de que el Califa mismo estaba a la cabeza del ejército hizo que la gente rebosara de confianza y entusiasmo.
Sin embargo, Ozmán Bin ‘Affán se dirigió a Omar, que Al-lah esté complacido con ambos, y le dijo que no era conveniente que el Califa en persona entrara en el campo de combate. Siguiendo esta objeción, Omar llamó a un consejo de guerra en Sirar e invitó a los presentes a dar su opinión. Todos estuvieron de acuerdo en que la expedición sería exitosa solo si él en persona la encabezaba. Pero ‘Abdurrahmán Bin ‘Awf, que Al-lah esté complacido con él, dijo: “No apruebo tal sugerencia. La presencia del Califa en el campo de batalla es muy riesgosa. Si un comandante muere en acción, el Califa puede hacer lo necesario para controlar la situación; pero si, Al-lah no lo permita, el Califa muere, sería muy difícil controlar la situación”.
Ali y otros de los sahabah, que Al-lah esté complacido con todos ellos, fueron convocados desde Medina para tomar parte en la crucial deliberación. Él y los demás sahabah apoyaron la opinión de ‘Abdurrahmán Bin ‘Awf, y el Califa aceptó no ser parte de la expedición. Después de discutir quién debía ser el comandante en jefe de las fuerzas musulmanas, en conjunto se decidió que Sa’d Ibn Abi Waqqás, que Al-lah esté complacido con él, fuera nombrado para el puesto. Omar, que Al-lah esté complacido con él, y todo el consejo de guerra lo aceptaron.
La batalla de Qadisía
Sa’d se encontraba en Siraf cuando recibió la orden de proceder a Qadisía. La orden indicaba además que debía disponer las tropas de modo que quedaran de cara a las llanuras de Persia y de espaldas a las colinas de Arabia, así podrían avanzar a placer en caso de vencer o refugiarse retirándose a las colinas en caso de sufrir la derrota.
A la capital persa empezaron a llegar noticias de que el ejército árabe estaba acampado en Qadisía y que habían saqueado las áreas alrededor del Éufrates. El comandante persa, Rustam, marchó hasta Sabat donde se le unieron fuerzas de todas partes del país en tal cantidad que en poco tiempo el ejército persa sumaba 180.000 hombres, no solo bien equipados sino que con ira y animadversión contra los musulmanes.
Equipado y armado en tal proporción, Rustam marchó desde Sabat y se detuvo a acampar en Kutha. Ahora la distancia entre ambos ejércitos era mucho menor y pequeños contingentes de ambos lados podían salir de sus posiciones y saquear las provisiones y equipos del campamento enemigo.
Rustam ordenó las preparaciones para una batalla decisiva. Ordenó que se construyera un puente sobre un canal que separaba a ambos ejércitos, y esto se completó en poco tiempo.
Rustam entonces pregunto a Sa’d quién se atrevería a cruzar el puente y dar inicio al combate. Sa’d lo invitó a cruzar e iniciar las hostilidades.
Entonces, el numeroso y poderoso ejército persa cruzó el puente y se ordenaron las líneas de combate. Rustam ordenó un ataque completo contra los musulmanes, y como estrategia dispusieron que los elefantes de guerra atacaran las líneas de sus enemigos.
La tribu de Banu Buyaila les cerró el paso a los elefantes a costa de numerosas bajas. Sa’d, que Al-lah esté complacido con él, seguía el transcurso del combate de cerca y ordenó a la tribu Banu Asad que reforzara a los Banu Buyaila, y estos mostraron gran arrojo en su misión. Sin embargo, cuando ambas tribus mostraron señales de fatiga, los Banu Kinda entraron en el combate y realizaron tan violenta carga que obligaron a los persas a retirarse.
Después de notar los avances y retrocesos del combate, Rustam ordenó un ataque conjunto. Sa’d pronunció el takbír (Al-lahu Akbar) a viva voz y todo el ejército musulmán se le unió gritando Al-lahu Akbar y lanzándose a la vez contra las tropas persas. Parecía que dos océanos o dos montañas habían colisionado una contra otra.
En el fragor del combate, los elefantes persas empezaron a causar elevadas bajas a los musulmanes. Sa’d, que Al-lah esté complacido con él, ordenó inmediatamente que los arqueros musulmanes dispararan sus flechas a los elefantes y los arqueros que iban sobre ellos. ‘Asim atacó a los elefantes con su lanza, seguido de otros que infligieron heridas profundas en las trompas de los elefantes con sus lanzas y espadas. Como resultado, los elefantes se retiraron dejando a los espadachines musulmanes quienes mostraron su valentía. Después de una batalla de un día, la noche intervino para detenerla hasta el día siguiente.
Luego de tres días de crudo y feroz combate, todas las tribus se levantaron como un solo hombre para atacar con fuerza al enemigo. Cuando la caballería de Al Qa’qá’ se acercó al lugar donde estaba Rustam, este se vio obligado a bajar de su trono y unirse a la lucha. Poco después fue herido y emprendió la huida; pero Hilal Bin Ulafah lo persiguió y lo golpeó tan fuerte con su lanza que le rompió la cadera y cayó en un canal cercano.
Hilal desmontó rápidamente y lo sacó sujetándolo por su pierna y lo mató. Seguidamente, Hilal subió al trono de Rustam y gritó con todas sus fuerzas: “¡Por Al-lah! He matado a Rustam”. Luego de escuchar esto los soldados musulmanes empezaron a gritar “Al-lahu Akbar”, y los soldados persas quedaron tan estupefactos y sorprendidos que se retiraron del combate.
De 30.000 caballeros persas en combate solo 30 salvaron su vida; mientras que del lado musulmán 6.000 guerreros tuvieron el privilegio de morir mártires.
La conquista de la capital persa
Después de su retirada de Qadisía, los persas se acuartelaron en Babilonia. Allí, un grupo de renombrados generales se disponían a seguir combatiendo. Fueron reuniendo a los guerreros que huyeron de Qadisía y los fueron animando para vengar la afrenta de la derrota.
Sa’d, que Al-lah esté complacido con él, se quedó en Qadisía por casi dos meses después de la victoria musulmana. Luego recibió órdenes de dirigirse a Madaen y dejó a su familia en Qadisía.
Con la noticia de la llegada de Sa’d, que Al-lah esté complacido con él, los generales persas dejaron Babilonia y se trasladaron a Mada'in, Ahwaz y Nihawand, destruyendo los puentes en el camino y haciendo el Tigris y sus canales imposibles de cruzar. Cuando Sa’d, que Al-lah esté complacido con él, llegó a las riberas del Tigris no encontró ningún puente ni embarcaciones para cruzar.
Al día siguiente Sa’d montó su caballo y dijo después de preparar sus tropas para vadear el río: “¿Quién de ustedes es tan valiente como para prometer protegerme del ataque enemigo mientras cruzo el río?”. ‘Asim Bin ‘Amr se adelantó y se ofreció como voluntario.
Entonces arremetió internándose en las aguas del río Tigris y otros guerreros valientes lo siguieron lanzándose con sus caballos al río, que era profundo y su corriente era turbulenta, pero eso no disminuyó la determinación y voluntad de los guerreros musulmanes.
Las olas azotaban furiosamente los costados de los caballos, pero los jinetes se abrían paso calmadamente y en perfecto orden. Cuando la caballería estaba en medio del río los arqueros persas empezaron a lanzarles flechas, pero no pudieron detenerlos y finalmente lograron cruzar el río y derrotar a las tropas persas.
Cuando le llegó la noticia de que los musulmanes habían cruzado el Tigris, Yazdegird abandonó la capital. Las tropas musulmanas entraron a la ciudad desde distintas direcciones. Sa’d, que Al-lah esté complacido con él, entró en el palacio real, llamado “el palacio blanco”, recitando estas aleyas del Corán: {Cuántos huertos y manantiales abandonaron, cultivos y hermosas residencias, y una comodidad de la que disfrutaban. Así fue. Pero se lo di en herencia a otro pueblo} [Corán 44:25-28].
Rezó ocho rak’at como rezo de victoria y ordenó que en el palacio de Cosroes se pusiera un púlpito justo donde estaba el trono real y allí mismo se realizó el rezo del Yumuah. Este fue el primer rezo de Yumuah que se realizó en la capital persa.
La caída de la capital fue seguida por la de Ahwaz, Nahavand y Hamadán, pero esta última se levantó contra los musulmanes solo días después.
Cansado de las continuas revueltas en las regiones persas, Omar, que Al-lah esté complacido con él, ordenó un ataque general que resultó exitoso. Así, los musulmanes capturaron todas las provincias persas y el imperio de los zoroastras llegó a su fin.

 

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